Lamentos de la costumbre

junio 22, 2014

Impresiones

Me había prometido
a mí mismo
no acostumbrarme a ti –
para que cada día fueses algo nuevo.
 
Y ese idilio duró
casi año y medio.
Pero acabé acostumbrándome
a verte cada mañana
y cada tarde
y cada noche.
 
Acabé acostumbrándome
a oírte
en todo momento.
Hasta que dejé de verte
casi por completo.
 
En los últimos seis meses
sólo a veces
me sorprendías
en esos días
de tormenta
en esos ocasionales momentos de lluvia
en esas tardes de cielos rojos
en esas noches de luna llena
en esas raras mañanas frías.
 
Y ahora es hora
de partir –
siempre soy yo el que parte –
y me hubiese gustado
jamás acostumbrarme a ti
a tus cambiantes colores
a tus altibajos
a tus frecuentes murmullos
y a tus rarísimos rugidos
a los olores que traes
cada mañana tarde y noche
al sabor salado
que tu lengua dejaba
sobre mis labios y piel
cada vez
que en ti me adentraba.
 
Y si alguna vez me recuerdas
métete en un frasquito
y pídele a algún viajero
que me haga llegar
el recuerdo de ti.
 
Y si volviera
algún día
(no lo creo)
prometo no acostumbrarme.
Pero eso es lo que siempre
a mí mismo me digo.
 
Málaga, junio de 2014, después de dos años frente al Mediterráneo
 
 
 
 
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